En esta crisis de civilización hay, como siempre que no se quiere conocer la verdad, una tendencia a la huida hacia delante, a demorar el inexorable encuentro con la evidencia.

Cada día hay un ERE, se cierran centros de trabajo, la Administración adelgaza sus plantillas y vemos desaparecer para siempre puestos de trabajo. Es verdad que la fuerte caída de la demanda agregada es una de las causas de la falta de actividad en el aparato productivo, pero hay algo más que ya no es coyuntural o temporal.

Nuestra civilización se ha montado sobre el consumo desaforado y sobre el crecimiento exponencial de la actividad fabril y productiva en general. Occidente era el productor y el Tercer Mundo el suministrador de la materia prima. Hoy los llamados países emergentes comienzan a competir en producción, precios y calidad. Por otra parte, el mandato compulsivo de la competitividad mueve al antes llamado primer mundo a deslocalizar centros de producción y en otros casos a invertir en capital constante con infraestructuras más sofisticadas, más productivas? Y todo ello en el marco de la tercera fase de la revolución industrial. La primera desalojó los campos y creó el proletariado; la segunda incorporó la electricidad y, con posterioridad, materiales e instrumental con mayor capacidad de producción, diseño y eficacia. Hoy estamos en la fase de la informática y de la expansión de puestos de trabajo en los servicios; pero ya el mercado mundial se ha hecho más pequeño y más concurrido.

Las universidades producen miles de titulados cada año que ya no encuentran salida laboral. Esta realidad de aumento de la capacidad productiva ociosa es incompatible con los derechos humanos y con la mayoría de los textos constitucionales. ¿La economía es una ciencia de fines o e medios? O sobran los derechos o sobra el sistema. Lo que no se puede, a estas alturas, es seguir hablando de un crecimiento sostenido, más que improbable, imposible, y seguir pasando por alto la evidencia.

Julio Anguita, ex coordinador general de IU.

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